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Amancio González



El escultor que escucha a la piedra

En el taller de Amancio González nacen olmos y se crían gatos y hasta un cordero que el artista se encontró recién nacido, en el campo, aún envuelto en la placenta. Pero el taller también está habitado por esculturas, a las que este creador insufla vida después de dialogar con los distintos materiales de los que están hechas: madera, barro, piedra… Materiales que hablan, y a los que el escultor escucha, para poder crear algo mágico: auténticas obras de arte.
“El arte no se hace porque uno pretenda hacer arte. La diferencia entre la obra de arte y la que no lo es, una obra más o menos artesana, por ejemplo… es que el arte es capaz de generar magia siempre, es capaz de generar preguntas siempre. Y la artesanía muere en el momento, por mucho que se intente no llega. El que era artista hace mil años, hoy lo reconocemos como un gran artista. Y el que no lo era, aunque hiciese el mismo trabajo, pues no…”.
“Lo ves en las catedrales. Hay esculturas que no dicen nada, y hay piezas maestras. Y ninguno de los dos autores firmó sus obras, porque a ninguno se le reconocía ningún mérito, más que el meramente artesanal. Sin embargo, unas piezas destacan sobre otras no porque estén mejor ejecutadas, sino porque quienes las hicieron eran verdaderos artistas, capaces de transmitir su magia y sus preguntas”.
Para Amancio González, el escultor leonés de Villahibiera, “un artista es un enfermo”. La frase suena un poco fuerte, y él la argumenta con pasión. “Es una persona a la que de alguna forma le falla la cabeza y puede ser capaz de interpretar las cosas de otra manera, de llegar a donde otros no han llegado. No creo que todo el mundo sea un artista. Sí creo que hay muchas personas que no saben que lo son, mientras que hay otras que creen que lo son y no lo son. ¿Todo el mundo puede ser torero, o músico, o cocinero? Igual no. No todos somos iguales”.
A su juicio, lo difícil es reconocer el arte del momento. “Es más fácil reconocer el arte antiguo, el arte que se hizo hace cien años. Una generación recoge del pasado sólo lo que le interesa, y se aprovecha y se inspira en esa obra para crecer y desarrollar la suya, y a su vez, arrastrar a otra generación nueva. Todo lo demás, la paja, el ‘arte bonito’… eso al final no le interesa a nadie. Sobrevive sólo lo que realmente nos interesa”.
El escultor leonés se muestra más partidario de un arte público —que pueda ser contemplado por todos, capaz de traspasar fronteras—, que de un arte privado, entendido como objeto de consumo.
Los escultores hemos pasado de representar la magia de las formas que necesitaba la gente para sobrevivir —ya desde las religiosas, desde siempre—, a hacer grifos de diseño para un cuarto de baño minimalista
“El arte siempre es preguntarse. Si una persona se siente atraída por una forma, tanto como para necesitar tenerla en su casa, eso dice ya mucho de esa persona. Pero es que los escultores hemos pasado de representar la magia de las formas que necesitaba la gente para sobrevivir —ya desde las religiosas, desde siempre—, a hacer grifos de diseño para un cuarto de baño minimalista. Soy partidario de alejarme del arte de consumo”.
Así, en el fondo él intenta “hacer una obra que pueda ser recogida por otra generación, que diga algo ahora, mañana y pasado mañana. No me gusta que los escultores caigan en lo fácil del momento”.
Explica que el arte privado, el que compran los consumidores con alto nivel adquisitivo, le permite llevar a pequeña escala pequeñas ideas. Pero no se siente cómodo con el pequeño formato. Lo que de verdad le gusta es el reto, los grandes retos. “El gran formato digamos que se apodera de ti de una manera muy especial, te permite abrazarte a la forma… Por ejemplo el círculo de piedra de Stonehenge, ese lugar misterioso…. Si en lugar de tener ese tamaño fuera más reducido… No sé, creo que a veces necesitamos algo que no podemos abarcar, algo que no nos podemos explicar, para poder formar parte de la magia que tiene la obra”.
Idea, trabajo y azar
Hace ya ocho años que dejó su empleo como trabajador ferroviario para apostar decididamente por la escultura. “Me preguntan que si echo de menos la Renfe, pero… ¡no he tenido tiempo!”. Y es que Amancio González no ha parado de trabajar desde entonces, día tras día, sin descanso, en su taller. Y considera que la decisión ha merecido la pena.
¿Se puede vivir del arte? “Bueno, esto funciona a rachas. A veces tienes un buen momento, o pasan tres años en que económicamente no funciona bien…”. ¿Y como afecta la crisis económica actual a los artistas? “Los artistas siempre estamos en crisis. Nos pasa como a los del teatro. Que llevamos cien años en crisis”.
Él es, sobre todo, un auténtico currante, un trabajador de la escultura. “Creo que la obra final forma parte de tres componentes: una idea inicial, el trabajo y el azar”. Un proceso que comienza cuando se arranca la piedra de la cantera, por ejemplo, y sólo termina cuando la obra se entrega al público.
Creo que ése es el verdadero paso hacia adelante en la obra del artista, lo que aporta el azar, ese salto al vacío
Considera que el trabajo enriquece la obra, “porque a veces no sale lo que tú querías, pero el factor humano siempre acaba enriqueciendo las obras, y una pieza evoluciona con el trabajo del artista, van apareciendo cosas con las que no contabas, o problemas con el propio material… El trabajo enriquece y aporta”, insiste.
Y luego está el azar, “que es fruto del trabajo”. “Es importante el saber ver o reconocer en el azar elementos que no te hubieras imaginado jamás. Enfrentarte de repente con algo que ha aparecido, saber reconocerlo, darte cuenta de que puede enriquecer la pieza… y parar un momentito. Creo que ése es el verdadero paso hacia adelante en la obra del artista, lo que aporta el azar, ese salto al vacío. De pronto apuestas por algo en lo que no creías, pero que se te ha aparecido y que te puede conducir por otros caminos”.
De la madera a la piedra
Empezó con la madera, porque era el material más cercano, más barato. Y la madera le ha dado todo. “Empecé desde cero, soy autodidacta… Es un material que te pone a prueba siempre, porque está vivo, y también aporta mucha riqueza a la figura, porque es muy expresivo”.
Desde ahí pasó a otros materiales, siempre clásicos: el barro, el bronce, el hierro… Hasta llegar a la piedra, “el material con mayúsculas”.
“La piedra aparece en la vida del escultor cuando el escultor ya no tiene miedo. Te pone en evidencia continuamente, hay que atravesarla, no puede ser de otra manera”
“La piedra aparece en la vida del escultor cuando el escultor ya no tiene miedo. No es posible trabajarla con miedo. La piedra te pone en evidencia continuamente, hay que atravesarla, no puede ser de otra manera; hay que enfrentarse a ella sin miedo, y hay que entrar dentro de la piedra. No vale acariciarla por fuera”.
Se explaya Amancio hablando de este material, en el que ha encontrado un reto nuevo. “No te permite vacilaciones. Un error, un mal cálculo, una precipitación en el trabajo te puede llevar a un error irreversible. Con ella hay que trabajar con margen, nunca puedes ir al límite de lo que tú querías, porque siempre te vas a equivocar, y tienes que darte esa licencia: en lugar de llegar a la meta de una sola vez, pues tienes que multiplicar el trabajo por dos o por tres, para que la piedra se deje trabajar, o domesticar. Entonces, una vez que entras… ver que puede pasar el viento por su interior, a través de los calados interiores… ¡es maravilloso!”.
Entre dos mundos, el orgánico y el mineral
En estos momentos Amancio prepara dos nuevas exposiciones, una en Alicante, en la galería Juan de Juanes (para noviembre), y otra en Barcelona, en Master Art (para febrero). Trabaja en pequeñas esculturas de piedra, en las que juega con la figura y con la geometría.
Después de haber trabajado grandes formatos durante años, explica que el pequeño formato le genera estrés. “No me gusta mucho. Lo tienes que hacer para vender algo, pero no me siento cómodo”.
Cuenta que utiliza la geometría como un punto de referencia de la propia naturaleza de la piedra, en un intento de volver a retomar un orden perdido. “La piedra no nace o crece de cualquier manera, siempre lo hace ordenadamente. Cuando tomamos una piedra de su lugar de nacimiento, la estamos estropeando. Y mi idea es coger una piedra y reordenarla, que retome, en su forma exterior, su propia composición cristalográfica”.
“Entre esos dos mundos, el orgánico de la figura y el mineral de la piedra, intento hacer una escultura. Porque entiendo la escultura como un todo, como un lugar donde se encuentran esos dos mundos”
Con esta intención, ahora utiliza la figura, en la composición escultórica, “como elemento de contraste, de lucha, de contrapunto. Porque la figura siempre es orgánica, siempre es dulce, suave… y la arquitectura que la acompaña es plana, tiene aristas, picos, es geométrica, fría, mineral… Y entre esos dos mundos, el orgánico de la figura y el mineral de la piedra, intento hacer una escultura. Porque entiendo la escultura como un todo, como un lugar donde se encuentran esos dos mundos. Que deben hacer preguntas al espectador, llevarle a abrirse un poco a sí mismo”.
Así dice que, por encima de la figuración que predominaba en sus primeras piezas de madera, le interesa ahora “muchísimo más la composición, que la obra en su conjunto esté equilibrada”.
Cree que la escultura geométrica, “por su propia naturaleza de elementos sencillos y que intentan llegar o expresar lo máximo, es compleja”. “Una buena escultura geométrica solo es reconocible por algunas personas muy dotadas emocionalmente. Es muy difícil reconocer a un buen escultor, y no hay que confundirlo con alguien capaz de hacer una pieza geométrica pero que no pasa del arte decorativo”.
A Granada irá esta misma semana, para rematar la Vieja Negrilla, en bronce, y preparar su traslado a León, donde se ubicará en la Plaza de Santo Domingo, en el mismo lugar donde estuvo durante años otra pieza semejante, pero realizada en un material más frágil, hasta que un conductor ebrio la destrozó empotrándose contra ella con el coche.
A Granada irá esta misma semana, para rematar la Vieja Negrilla, en bronce, y preparar su traslado a León, donde se ubicará en la Plaza de Santo Domingo, en el mismo lugar donde estuvo durante años otra pieza semejante
Y probablemente vaya a Rusia en agosto, a un encuentro de escultores, donde mostrará cómo se esculpe la piedra, de cara al público, desde el principio hasta el final.
“Estos encuentros están organizados siempre por pequeñas ciudades, pequeños ayuntamientos, y son fantásticos, porque permiten seguir el proceso de creación de una escultura desde el principio. Son didácticos, suelen ser visitados por escolares, y también son espectaculares, porque siempre hay algún artista que se corta una mano” (risas).
Claro que el trabajo de la piedra siempre es espectacular. Sólo hay que ver a Amancio en su taller, con su máscara, la radial, el martillo o el cincel… ante un monolito de mármol de más de tres metros de alto, por ejemplo.
Él aprendió a domesticar la piedra a partir de estos encuentros, en los que suelen coincidir cinco o seis escultores de todo el mundo para mostrar su forma de trabajar, sus técnicas y sus distintas maneras de entender la forma.
Hablamos con Amancio unos días después de la inauguración de Hito de la memoria, una impresionante pieza en homenaje a las víctimas de la represión franquista que se ha colocado al aire libre, en el valle de Carrocera, cerca de La Magdalena. Él coge el coche y nos lleva a verla, ya que está a pocos kilómetros de su taller.
Hito de la memoria “habla de la guerra y de la tragedia de la guerra, de la infamia, del horror… y busca una complicidad en el espectador, a partir de la idea de que es preciso aprender de los errores”
Hay personas que paran junto a la escultura, dejan flores… “Ha gustado mucho, la gente a la que está dedicada la escultura (los familiares de los represaliados…) estaban emocionados el día de la inauguración. Y yo estoy muy contento, porque es una pieza colocada en el medio del campo, sola, en un paisaje asombroso cuya soledad acompaña también a la figura. Funciona muy bien como escultura, y creo que está hecha para ser vista en soledad”.
Es la primera vez que con su obra toca un tema tan doloroso. La pieza en sí representa una figura humana desnuda frente a un muro, con las manos atadas a la espalda, a punto de ser ejecutada. Sobre ella, tres cráneos con un agujero de bala en la frente, algo que significa “la vida truncada, el efecto en sí de la infamia que está a punto de suceder…”. Tres calaveras agujereadas que se enfrentan directamente con el asesino, y cuya idea surgió después, “de la necesidad de darle a la escultura elementos de tensión, de inquietud, de preguntas”.
En realidad, Hito de la memoria “habla de la guerra y de la tragedia de la guerra, de la infamia, del horror… y busca una complicidad en el espectador, a partir de la idea de que es preciso aprender de los errores”. Cuando se colocó la pieza, el sábado pasado, los familiares directos de los represaliados se sintieron emocionados. “Pero yo lo que busco es que cualquier persona se sienta sobrecogida, de alguna manera, por ese drama. Que se vea involucrada, porque algo así le puede tocar a cualquiera…”.
Alrededor de la escultura, unos postes de hierro recuerdan los nombres de las personas desaparecidas, con unas placas colocadas casi a ras de suelo. “Los que quieran leer los nombres tendrán que agachar la cabeza. Yo juego mucho con ese simbolismo. Y para mí, eso de agachar la cabeza es una señal de respeto”.
De hecho hay una placa, de una de las víctimas, con el nombre de Amancio González, como el del propio escultor. “Cuando estaba colocando esta placa pensé: es increíble, podría ser yo. Porque la idea de que fueron otras personas las que sufrieron este drama, y que a nosotros no nos tocará… es absolutamente errónea”.
Otro aspecto que tuvo en consideración fue “la imposibilidad de celebrar la muerte”, como dice el poema de Gamoneda que se colocará estos días junto a la figura. “El hecho de que no haya un lugar para despedir a las personas queridas, donde reposen sus huesos, genera un vacío interior que es muy difícil de llenar”.
Las fuentes
“No sigo mucho la escultura contemporánea. Me da un poco de miedo. No creo que los museos ni la escultura contemporánea sean para el artista actual. Son otras las fuentes”, afirma.
“No creo que los museos ni la escultura contemporánea sean para el artista actual. Son otras las fuentes”
En ese sentido, le interesa mucho más “la naturaleza, el comportamiento de cómo se genera, cómo se crea, cómo se organiza la materia”. La naturaleza de los propios materiales, “cómo se comportan ante el agua, por ejemplo… cómo se relacionan en su estado natural con otros elementos vivos, con el paisaje, con los árboles”. Le gusta observar todo eso, y siempre intenta extraer alguna lectura.
“Mi obra no es urbana”, dice. “Está más cercana a la naturaleza del hombre desde el punto de vista universal, desde el punto de vista de lo que somos desde hace miles de años”.
Un vivero de olmos
Lleva años Amancio volcado también en un proyecto que parece imposible: criar olmos, o negrillos (como se llaman en León), una especie afectada desde hace tiempo por una grave enfermedad, la grafiosis.
“Es uno de los árboles más emblemáticos de nuestra comunidad, y aunque la grafiosis lo está dejando prácticamente extinguido, todavía sobrevive en pequeñas edades, hasta diez o quince años”. Amancio aprovecha las semillas para ponerlas en pequeños semilleros, y siempre salen nuevos olmos, que luego regala a los amigos que tienen un poco de tierra.
“La idea es mantenerle vivo todo lo que se pueda. Ahora se están reintroduciendo nuevas variedades que aguantan la enfermedad, pero a mí me gusta este tipo de árbol, el negrillo”. Una especie cuya madera está en muchas de sus esculturas, sobre todo en su primera época.

Eloísa Otero – Peatóm (26/07/2008)


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